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Jaime Pablo Rodríguez

     "Hola me llamo Jaime, soy diácono me han pedido que cuenten mi historia vocacional. Nací en el seno de una familia católica. En mi proceso de maduración, me fui alejando de Dios hasta negarle, viviendo como si Él no existiera.

     En el mal uso de mi libertad fui tomando decisiones que me hacían alejarme más y más de Él. Yo pensaba que no pasaba nada, que la vida te iba bien sin Él, pero eso no es verdad. Cuando te das cuenta del que el mundo en el que estas metido es un error y decides retomar tu vida, es decir la vida que Dios quiere para ti, cuesta. Tienes que tomar tu cruz y seguirle, pero Dios sana.

     Pero, ¿cómo sana Dios? Dios sana si cumples su voluntad, ese es el modo de sanar de Jesús, confiando en Él. Preguntándole: ¿Qué quieres de mí? Y llevándolo a cabo. Eso es lo importante ser valiente, romper ataduras y seguirle. Como tantas personas han hecho, algunos han llegado a ser santos como san Claudio de la Colombiere o santa Juana de Lestonnac.

    Cada uno en su vocación especifica. Yo es lo que he hecho, ahora como diácono pero aspirando a ser presbítero.

   Para ser diacono decidí responder a esa llamada que  sentí con veinticuatro años. Buscando ser santo, a pesar de mis miserias, con la gracia de Dios."                                         

José David Vázquez

      "Siempre es el Señor el que quiere y toma la iniciativa en la vida de cada uno. Él crea, te pone en una familia, te da muchísimas cosas y te llama en definitiva a servirle, amarle aquí en la tierra en un estado concreto. Estoy infinitamente agradecido a Dios por tanto que me ha dado y por lo que me seguirá dando.

      Nací en una familia bendecida con 5 hijos. Soy el primero de ellos. Tres varones y dos mujeres. Íbamos a ser siete pero dos de ellos fallecieron muy pequeños (Pedro y Pablo). Recuerdo que cuando era pequeño la gente me solía preguntar qué quería ser de mayor, a lo que contestaba: “o me caso o soy sacerdote”.

     Decía sacerdote porque en la parroquia era monaguillo y me gustaba presenciar la consagración de cerca y además las homilías del sacerdote eran muy cortas y gráficas, y me gustaban mucho. Allí en la parroquia de santa María de Caná. Al ir a la escuela solíamos rezar el rosario en el coche. Lo dirigía yo. Tendría unos 11 o 12 años.

      Mi vocación nació el día de la Inmaculada, y ha tenido dos momentos fuertes. Fue el 8 de diciembre de 1997 cuando después de una convivencia en un seminario cerca de Santander, sentí dentro de mí la convicción y la paz enorme que Dios me quería como sacerdote. ¿Es posible que un niño tenga claro lo que Dios quiere para él? Sí, pero es una gracia de Dios que tampoco pretendo que la gente lo entienda, pero es como una convicción interior que te llena de paz y alegría.

     Así que empecé un camino largo de formación como religioso. Y no hace falta tener apariciones de ángeles ni nada sobrenatural extraordinario. Simplemente el sí decidido y confiado a lo que ves que Dios te pide en cada momento que no es contradictorio, sino complementario, los testimonios y los buenos compañeros que con alegría y amor en Cristo aprendes a trabajar en quipo compartiendo un mismo ideal, la armonía entre rezar y el deporte, me gustaba y ayudaba mucho… y sentía una gran paz que me hizo decir a Dios SÍ QUIERO. Recuerdo que al llegar a casa el día 8 de diciembre con 12 años le dije a mis padres que quería irme cuanto antes para responder que sí a Dios. Insistí tanto que ese mismo mes el día 30 me fui de casa habiéndome despedido de mi madre por teléfono… Fue un momento duro para ellos pero lo había visto claro y agradezco que me hayan respetado y apoyado. Sabía que el Señor me quería para sí… y pasaron varios años  de formación y experiencias de misión en colegios y familias en España, México, EEUU, Roma, y al final por la Providencia de Dios, llegué a Valladolid. Pero: ¿Cómo llegaste a Valladolid si eres de Madrid? muchos me preguntan. Entonces yo tenía de todo, estaba muy “seguro” de mis planes de futuro…Pues fue justo cuando en un momento de crisis el Señor se me hizo muy presente de forma indescriptible y tumbativa para decirme que me quería como sacerdote diocesano. Ese momento fuerte de gracia marcó un antes y un después en mi vida. El Señor me “tiró del caballo”. Fue una llamada muy fuerte. Agradecido al Señor por todo lo que había recibido, después de varios años fuera de España regresé a Madrid y empecé a pedirle al Señor que me mostrara dónde me quería, pues sentía fuertemente que me pedía ser sacerdote pero no sabía dónde, tenía muchas posibilidades dentro y fuera de España: hasta que al final vi que todas las circunstancias apuntaban a Valladolid. ¿Por qué? Dios sabe más.

      Había venido a Valladolid a visitar a un amigo sacerdote que se acababa de ordenar ese año sin saber que más tarde vendría aquí. Por otro lado, gracias a un seminarista de Madrid (hoy sacerdote) me contactó con el rector del Seminario de Valladolid entonces D. Aurelio; Muchas circunstancias me apuntaban a Valladolid. Vine a hablar un lunes con D. Aurelio y a los dos días entré en el Seminario mayor de Valladolid: era el 6 de noviembre de 2013, memoria de los mártires españoles del s. XX y día en que se inauguraba entonces el altar con la reliquia del Beato Florentino Asensio quien fue seminarista, confesor del seminario, obispo y mártir. 

Aunque ya había estudiado la licenciatura de filosofía y parte de la teología en Roma, sin embargo terminé lo que me faltaba de esta última aquí en Valladolid. Todos los veranos aquí en el seminario me enviaban a misiones o actividades con familias o jóvenes. He estado muy contento de tener experiencias como el Encuentro Europeo de jóvenes en Ávila, el Cenáculo en Lourdes, hacer el Máster de Pastoral Familiar, la JMJ, etc. Son muchas las personas a las que debo agradecer y que han dejado huella en mi vida, desde mis padres hasta mi penúltimo rector que nos dejó sorpresivamente. Pero Dios sabe más. Seguir a Dios es siempre invitación a pasar de la cruz a la luz, es una cruz gozosa y llena de frutos por el bien de las almas.

     Como sacerdote me gustaría estar siempre rodeado de muchas personas y familias de las que me apoye y a quienes pueda ayudar. La vocación de un hijo es una bendición para toda la familia y el apoyo de la familia es crucial. Reconozco que aunque mis padres me enseñaron a tomar decisiones delante del sagrario, a ellos les costó humanamente mi partida de casa a los 12 años, pero lo vieron como una bendición y regalo de Dios para toda la familia. Y así ha sido. Ya somos dos hermanos que estudiamos para ser sacerdotes, y mis padres que son matrimonio misionero. Su apoyo y oración han sido cruciales para mí, así como la otra familia que el Señor me ha dado: «al que haya dejado casa hermanos, hermanas, padres, por mí, recibirá cien veces más aquí, con persecuciones, y además la vida eterna»” (Cf. Mc. 10, 29). La primera familia fue plataforma de lanzamiento y base y fuente de unión y gozo; la segunda es la que ahora en mi ministerio, con más fuerza se hace presente con su apoyo y ayuda concreta y la que me acompañará siempre y a la que tendré que servir con toda la alegría y fuerzas que me dé el Señor.

Recuerdo que en el encuentro de jóvenes en Ávila, me ofrecí voluntario para una prueba en una gynkana, donde sin saber a lo que me enfrentaba, resulta que me explicaron que tenía que dejarme caer de espaldas al vacío desde la mitad de unas escaleras, mientras mis compañeros me cogían con una manta extendida bien tensa…. Eso me hizo además de sudar la gota gorda y pasar un momento de apuro, reflexionar en que el sacerdote debe apoyarse y rodearse de personas que le ayuden y en quien pueda confiar, pues su fidelidad y perseverancia depende en gran parte de las personas que le rodean y sus oraciones, es decir: ¡¡¡Cuidemos a nuestros sacerdotes y seminaristas!!! Es un cuidado mutuo el que debemos tener, pues ellos para mí dan sentido a mi ministerio. Ahora, con los seminaristas menores, el día de mañana quizá con personas de otro lugar… pero siempre debe haber esta comunicación de un Padre espiritual con sus hijos, sea en grupos o en parroquias o en donde te manden. Esta prueba de la gynkana en Ávila me marcó profundamente dejándome una lección de confianza en Dios y en las personas que me rodean y de las que dependen en parte la fidelidad y santidad de los sacerdotes. “Permaneced en mí…yo os he elegido…para que vayáis y deis fruto y vuestro fruto permanezca… todo lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo concederá…para que vuestro gozo sea completo…esto os mando: que os améis unos a otros” Éstas son algunas ideas de mis capítulos preferidos del Evangelio de San Juan: Capítulos 14, 15 y 16.

     Concluyo animando a los jóvenes a vencer el miedo de seguir la llamada vocacional. Es para valientes y generosos pues hoy no es fácil, y os animo a todos los que leáis estas líneas a superar los miedos que os obstaculizan, como pueden ser los estudios, el celibato, el hablar en público, etc. Todo ello es superable con la gracia y AMOR de Dios que es eficaz; y claro, con el mazo dando, pues Dios colma con creces los deseos más profundos del corazón y se desborda en dones cuando ve la entrega confiada y humilde de un hijo suyo. La confianza en Dios es como los paracaidistas cuando se tiran del avión; me dijo uno una vez: “sólo sentirás que funciona el paracaídas cuando sientas que te estás cayendo”. «Si confías verás el poder de mi Corazón»."

 

Por María, ¡Quédate en nosotros Jesús!